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Érase un día...
Veintitrés de noviembre
un año en los albores del Siglo XXI;
algo falló en la infinitesimal sabiduría del Creador del universo...
El sol no obedeció su millonario deber de viajar
/al poniente.
Se posó sobre la curiosa y amantísima luna,
alumbró un hecho furtivo, tan repetitivo como el péndulo del reloj;
Dos seres que redescubrían
/el viejo y nuevo juego del amor,
dos cuerpos que reinventaban
/ el viejo y nuevo juego del placer,
dos sexos que fluctúaban en perfecta concavidad,
/ en armoniosa convexidad.
La maravillosa irrealidad de Blimunda y Baltazar que se materializaba,
sin soldado manco ni silenciosa mujer que lee el futuro;
Ese fue un día en que la noche
/ nunca existió...
Yo debí borrarla; vos también;
yo, por que entendí tu engaño
/ vos, por que los cánones lo exigen;
yo, mansa oveja condenada al sacrificio
/ vos, virtuoso y casto ministro del Altar;
yo, Magdalena al pie de la cruz admirando tu ideal de justicia,
/ vos, fariseo ungido con el óleo de lágrimas que surcan huellas de dolor.
yo, virginal mujer con la lámpara encendida
/ vos, Dimas clamando por el paraíso...
¡ Qué saben los relojes de estas cosas,
inexorablemente marcaban el amanecer del
día veinticuatro;
El sol retomó su viaje hacia el nuevo ocaso;
solamente vos y yo sabemos que la noche del veintitrés
/ jamás llegó.
El calendario astrológico de mi vida, por su diáfana entrega
/ y de la tuya, por oscura falta a la lealtad
siempre registrará un agujero negro en el horror
/ de la existencia terrenal.
Érase un día... cuya noche nunca existió.
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